Antes de que el Mohán se convirtiera en el centro de esta historia, hubo muchos monstruos.
Durante años me fui encontrando con animaciones inspiradas en las mitologías japonesa, nórdica, irlandesa, mexicana y muchas otras, y me preguntaba por qué rara vez veía el mismo interés por el folclore colombiano. Es tan rico y deliciosamente disparatado que al final sentí que, como mínimo, tenía que intentarlo.
Así que empecé a abrirme paso a bocetazos por su colección de fantasmas, espíritus y criaturas: la Patasola, la Madremonte, la Candileja, la Llorona, María la Larga, la Melón, el Silbón, el Sombrerón, la Tunda… la lista es interminable.
Muchos existen para asustar. Algunos nacen de acontecimientos trágicos. Y bastantes venían acompañados de historias mucho más oscuras que la película que yo quería hacer.
Y entonces fue cuando encontré al Mohán.
Un espíritu peludo del río, mágico, parrandero, fumador, bebedor, músico y una pesadilla constante para los pescadores. Cada región cuenta historias muy distintas sobre él: a veces siniestras y a veces juguetonas. Se le ha descrito como embaucador, chamán y cambia-formas.
Esa contradicción fue la que me dio “permiso” para encontrar mi propia versión, y así fue como terminó mi búsqueda.
Ya tenía mi monstruo.
